Somos esa generación sin nombre,
esa que se jacta de no tenerlo, de no necesitarlo; esa
que reniega de etiquetas, de categorías,
de la unidad última, de la excepción, de lo sagrado.
Y somos la misma que,
en el momento en que la palabra falta para expresar
[porque toda palabra es nombre],
se deshace el orgullo, se diluye; porque
lo único que le queda ante la falta de posibilidad de expresar algo,
[no es vacío, no es un signo de omisión, ni un sonido anomine] es
la duda de la existencia misma del objeto inexpresado.
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